Jaime Sabines, entre lo tierno y lo trágico

Oscar Wong/Chiapas Digital

La poesía de Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 25 de marzo de 1926-Ciudad de México, 19 de marzo de 1999), expresa categorías profundas de la existencia. Y llena vacíos emotivos. Por eso ocurre la identificación plena del espectador con esta obra vigorosa y contundente. El recorrido del universo lírico del poeta va desde la expresión cotidiana de las cosas, hasta llegar a Dios, concebido como eje central de su poética.

La propuesta discursiva de Sabines se basa en la imagen conceptual, con valor lógico desde luego, concatenada a la imagen intuitiva, sus enunciados metafóricos, distantes de los regodeos retóricos o preciosistas de otros autores, tambien reflejan la evolución temática del poeta. El carácter significativo del poema, las fluctuaciones de las unidades rítmicas, conforman un agrupamiento cuantitativo que determina su propia naturaleza sonora. Esta necesaria cantidad silábica involucra el saber experimentado, la experiencia emotiva que descansa en la expresión, en los impulsos rítmicos, en los necesarios silencios que integran su expresividad.

Asentado en el temor de ser, Sabines no pretende transformar su poesía en mística teológica ni en un marcado quehacer metafísico. La lengua del poeta -hostia petrificada- evoca mitos, convoca símbolos: recurrencia de aspectos sagrados. Aquí la Divinidad es, simplemente, una sensación del mundo, de la vida. Aquí la mujer se erige como una presencia primordial, única, ante los acontecimientos del mundo exterior. Entre lo tierno y lo trágico, el poeta enhebra y expresa con energía su condición humana.

En la poesía de Sabines la muerte ofrece la verdadera orientación al sentido de la existencia. Y el hombre busca la eternidad en un leve parpadeo, puesto que existir representa, lírica, vitalmente hablando, conciencia de lo que acontece en el cosmos. El sentido de la emoción que se revela en el poema de manera expresiva, surge de combinaciones silábicas, de la expresiva integridad dinámica, pero más que nada de silencios.

Iracundia verbal, coloquialismo. Vocación para exorcizar las emociones con arrebatado desgarramiento, cual testimonio numinoso, confesional. La realidad del individuo sensible reflejándose en esos versos directos que combinan los diferentes territorios de la desolación y la ternura y donde la imagen y concepto se estructuran en una unidad única. Y aquí convendríamos en resaltar la persistencia de cierta resonancia cósmica emanada de la materia. Por algo los cabalistas hebreos estiman que el mundo es creación lingüística.

Poesía, modificación de la substancia, metamorfosis o transformación. Desde el tono confesional inicial, los versos van desgranándose, adentrándose en un territorio único, sagradamente cotidiano. La tierra primigenia y la raigambre espiritual, así como los interiores murmullos de la creación, tienen cabida en la dimensión salmódica del poeta. Aquí también el silencio representa un letargo oscurecido, aterradoramente sacro: el mutismo de la piedra no tocada.

La poesía esta hecha de silencios. Y éste provoca una imagen sonora. De esta manera el poema resplandece. Si la musicalidad se consigue en virtud de la combinación de sílabas y acentos, podemos inferir que la poesía no es más que la sagrada insonoridad de la memoria. «El amor es el silencio más fino», musita Sabines. Y su poesía, sigilosamente, sublima la vida, exalta los deseos.

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